La señora con dientes de oro

- ¿Y su hijo? ¿Está estudiando?
- Sí, último año de anestesiología
- Oh, pero a esos gallos les va la raja. Ganan harta plata, qué bien.
- Sí, me ayuda a pagar la diálisis. Ahora me está esperando un bus en Arrieta.
- ¿De acercamiento?
- Sí. Pero yo me puedo mover sola. Les pido que no me esperen pero igual está ahí el bus, y termino tomándolo. Voy tres veces a la semana.
- Debe ser difícil, usted es fuerte.

Tenía un bigote prominente y tres pedazos de oro en los dientes. La piel morena, tosca y un aire a mamá. Quería abrazarla al despedirme.

- Disculpe ¿Le molesta que le converse?
- No
- Lo que pasa es que tengo ansiedad. Las micros me ponen nerviosas.

Me acomodo en el asiento. La micro avanza un poco más y se pega un frenazo que nos desestabiliza a todos.

- ¿Ve porque me dan ansiedad?
- Sí, puedo llegar a entenderlo.

Andaba con tres bolsas. Iba al hospital y su hijo la pasaría a buscar en la noche, luego del procedimiento.

- Aquí me bajo.
- Que le vaya muy bien, señora.
- A usted también.
- Que sea muy feliz.
- Chau.
- ¡Chau!