En Marte no es de día ni de noche (microcuento)
Marte es enorme. Es todo café, color con el que combinamos bien. Tenemos los cascos y el traje puestos. Nos miramos y deseamos desnudarnos, y pues lo hacemos. Entonces nos empezamos a asfixiar mientras nos tratamos de alcanzar, ahogándonos por la falta de oxígeno, ralentizados por la distinta gravedad. Cuando nos tocamos los dedos índices, de repente, podemos respirar. Nos comenzamos a acostumbrar. Nos pregunto "¿Se podrá escuchar música aquí? ¿Hay atmósfera?" No soy científica pero prendo el parlante. El cassette rueda y suena la rola que te dediqué cuando estábamos separados. Me miras emocionado porque traje ese tema y nos abrazamos, danzando con el sonido de la guitarra y el theremin. Tu espalda tiene una curva que le acomoda a mis brazos, mi hombro tiene un hueco hecho para que apoyes tu cabeza. Mides un poco más que yo. Como todo es más ligero en marte piso tus pies como uno lo hace cuando es pequeña y me guías. Nos miramos con las frentes pegadas. En marte no es de día, ni tampoco de noche. "¿Te acuerdas cuando esta realidad sólo era letra de una canción que llorabas?" Me preguntas. Me acuerdo muy bien, de hecho. Estaba en mi cama escribiendo esta historia. La verdad es que morimos cuando nos quitamos los cascos, nuestros índices no se alcanzaron a tocar.