Cuento de una historia que no recuerdo si ocurrió

Hay un pequeño niño que corre en estos pasillos. Una neblina le cubre los pies, cubre el piso de toda esta casa. La casa es de un piso, su madera rechina mucho, la luz entra por las ventanas después de atravesar los árboles y el visillo que cubre toda las salidas de este hogar. 
Tú y yo tomados de la mano mientras tomamos de nuestra taza. Yo odio el agua caliente, y detrás tuyo está la variedad de tés que todos los días pruebas. Tenemos el privilegio de probar el sabor de todas las cosas que queramos. De fondo escuchamos al niño corriendo entre los pasillos. Me miras y me preguntas lo de siempre. Yo te contesto algo distinto esta vez.
El viento suave es de esos que no olvidas, como el olor a mañana antes de ir al colegio o el frío único que otorga la cercanía al mar. El viento corre y recorre nuestra casa, sin disipar la neblina, sin ahuyentar al niño. El viento revolotea entre nuestros pies, molesta a nuestro gato quien decide ignorar la señal de alerta. 

Tus ojos de cachorro me miran de una manera que desconozco. Así que decido arrepentirme y cambio mi respuesta. Entonces tus labios gruesos y nunca rotos besan la palma de mi mano, y vuelven a beber agua caliente. Yo miro como el niño corre entre los pasillos.

Desde la ventana al final del pasillo en nuestra cocina, un animal nos observa. El animal es oscuro y sabe cuándo y qué comer. Yo lo miro a los ojos, y él no me mira a mí, te mira a ti.

De repente pestañeo, puedo ver claramente el piso, no escucho al niño, ya no hay neblina, no está nuestro gato, y tus ojitos ya no son de cachorro.

Camino hacia un segundo piso que desconocía. La escalera es de alfombra, y a diferencia del resto de la casa arriba no hay luz natural. Llamo tu nombre mientras subo, escucho rebotarlo entre las paredes. Arriba es más grande de lo que jamás imaginé. Te pregunto si eso estaba allí cuando compramos la casa, hace ya diez años. Desde abajo me respondes que no sabes de lo que estoy hablando.
Para guiarme mantengo una mano en la pared y la otra frente a mí, tratando de ajustar mi visión a la oscuridad. Al final del pasillo puedo percibir una presencia animal, me pregunto si es el niño, el gato, o el visitante. Llamo tu nombre nuevamente para que me acompañes, pero me respondes desinteresado. Siento una puñalada en el corazón, me atraviesa desde la espalda hasta el alma. Mi mano derecha se torna inmediatamente helada, pero no siento miedo. Empiezo a ver con un poco más de claridad en la oscuridad, la presencia al final del pasillo es el visitante. Le pregunto qué desea, y si es él quién ha inaugurado el segundo piso de este hogar.
"Este hogar ya no es", me responde. Decido volver al desayuno después de esto, ya que su respuesta no me llama la atención. Cuando vuelvo a tomarte la mano en la mesa me preguntas porqué estoy tan helada. 
"Tú me apuñalaste", te respondo.
"Ah", suspiras...