Quiero creer

Es una habitación chiquita. En el centro, hay un tragaluz. Es del mismo porte del colchón que hay en el suelo. Cuando exhala el humo, se ve como la luz lo atraviesa a medida que sube, deshaciéndolo. Tiene una cicatriz enorme en el pecho. Ella también. Ninguno dice nada mientras fuman. La inmensidad infinita y abrumante de sus vidas es incomunicable, ambos lo saben, y lo admiten silenciosamente. La única comunicación es sostenerse los dedos índices de la mano derecha de ella, y la mano izquierda de él.
Las paredes son color lavanda. Por alguna razón es un tono cálido, aunque el color sea frío. Además del colchón, lo único que hay es una bandeja blanca con flores. Es antigua, está sucia, y le falta una esquina. Ni siquiera están sus ropas. Afuera de la puerta se escucha el jadeo de un perro y los pies de un niño corriendo entre los pasillos. La música es distinta para cada cabeza, no sé qué escucha él, a ella le resuena un bajo con un sonido que perfectamente podría ser de Jim Lang. Aunque Lang no tocaba el bajo, hasta donde sabemos...
Ella se sienta. Estira su espalda hacia las piernas, baja la cabeza un momento. La luz la ilumina de una manera hermosa, pero ninguno se da cuenta. Se pone de pie y el músculo poco tonificado de sus muslos y glúteos se exhibe. Se queda un momento mirando hacia el tragaluz, de lado al joven. El joven aún tiene los ojos cerrados y bota la ceniza al suelo, sin cuidado. 
Ella abre la puerta, no mira atrás. No se despiden. Envejecieron durante dos horas juntos, y en honor a este extraordinario y único proceso, nadie dice nada.