ME GRITABAN

Gritaba la casa, gritaban todas sus paredes, chillaban las ventanas mientras sangraban sus bisagras y gemían las manillas de todas las piezas y todos los cuartos ahuyaban su nombre.
Me exigían y me arañaban para traerlo, y yo les explicaba las miles de razones por las que tu muerte fue permanente e irrevocable, sin embargo, la casa seguía con todas sus fuerzas, sus maderas, sus vigas y sus puertas, y seguía, y seguía, y exclamaba:

¡POR ÚLTIMO, TRÁEME UN REEMPLAZO!

Y yo le exclamaba aún más fuerte porque eso sería peor, que jamás volveríamos a tenerlo porque incluso si volviese no sería la misma casa, no construiríamos el mismo hogar.
Que las paredes estarían manchadas para siempre, las ventanas jamás serían reparadas, las bisagras para siempre chillarán, y a nadie le gustará entrar a esta casa destruida, desecha, con neblina y polvo. 
Que su presencia no ahuyentará los entes que ahora habitan sus entrañas, y nada será lo mismo y así ha de ser.

¡ME REHÚSO!

La escucho una y otra vez, y otra vez, y otra vez. Y entonces me pregunto si hay manera de callar la casa pero rápidamente me doy cuenta que es imposible: La casa no tiene boca, no tiene lengua, ni garganta, ni cuerdas vocales. La casa es muda, es silenciosa, ella no habla, yo hablo por ella. 
Y al mismo tiempo sé entonces que sólo será necesaria una noche más de ese estilo, de ese estilo que ambas sabemos, para que yo ceda ante su presión y lo llame.

Probablemente te explique lo mismo que aquí lees. Que la casa te exigió y yo resistí primero con amor, con paciencia, luego con excusas y falsas promesas, hasta que cedí.
Y aquí me tienes. Aquí me vuelves a tener. 
Pero la casa ya no calla... ¿Y si me provoco sordera?