Capítulo 1
Estaba sentada. La cocina se veía cálida porque sus muebles eran de madera, la loza era anaranjada, no había cerámica y las ventanas dejaban entrar la luz de la tarde. Pero, en realidad, la cocina era fría: Ambos estábamos abrigados, era imposible andar descalzo y no te dejaba de tiritar la pierna.
Desde la cocina, en el primer piso, escuchábamos todo lo que ocurría en el segundo piso. Allí no había nada más que un cuarto. Al terminar de subir la escalera de metal, un gran espacio se abría ante ti, o así lo percibías. Porque en realidad, era tan oscuro que sería imposible afirmarlo. Pero percibías la profundidad del eco, lo frío del lugar y lo lejano de las paredes.
Desde la esquina derecha de ese profundo universo escuchabas un pequeño tambor sonar "pum pum pum... pum pum pum". El ritmo era tan agradable que ahuyentaba el miedo que debería causarte ese escenario. Entonces lo llamas:
- ¡Rojo, ven aquí!
Rojo es obediente así que obedece.
- ¿Lo escuchas?
No era necesario preguntarle, podías ver su pie moverse al ritmo del tambor.
- Que lindo.
Efectivamente era lindo.
- ¿Crees que llegaremos a verlo si nos acercamos?
Rojo ni siquiera te mira para responderte.
- Vamos.
Se toman de la mano. Tus dedos son delgados y los de Rojo son chuecos. Nunca sudan cuando se tocan. Entrelazan con intención, y ambos se acarician con el pulgar. El contacto físico es vuestro lenguaje del amor.
Comienzan a caminar. El ojo humano puede acostumbrarse a la oscuridad y observar por lo menos mínimamente, siempre y cuando haya una fuente de luz (aunque sea pequeña). Pero una vez dieron dos pasos desde la escalera, toda luz desapareció. El acceso estaba tan lejos que parecía que habían caminado por horas.
- Acuérdate que es normal.
No era necesario acordarte. Esa información era para calmarte, y tú no necesitabas calmarte. Todo lo que necesitabas ya lo tenías, y era su presencia.
Rojo tenía poco y nada de rojo. Sus rasgos eran suaves, tenía rostro inocente, sus cejas y labios eran gruesos, la nariz redonda y el mentón pronunciado. Tenía el pelo largo como nunca antes, no era tan más alto que tú, y caminaba con seguridad. Quizá lo único rojo era lo que te haría sentir. Por ahora, el sentimiento es morado.
- Estoy cansada.
- Paramos.
Rojo es obediente. Así que te complace. Jamás te traicionaría, la promesa de amor eterno y un futuro juntos que te hizo mientras te miraba a los ojos era lo más genuino que habías visto en alguien jamás.
Al detenerse, ambos se sientan al mismo tiempo, y entrelazan las piernas de tal manera que sus frentes quedan juntas. Agarran entre ustedes sus rostros y acarician sus mejillas con los ojos cerrados, inmersos en el placer de sentirse. El tacto era el sentido que más agradecían. Tenían tanto, y más, en común.
- Tú me dices.
- Yo te digo.
Y le dijiste. Y continuaron.
Ya habían caminado por tres horas para tratar de llegar hacia la fuente del sonido, y sólo hace veinte segundos el tambor comienza a sonar más cerca.
- ¡Por fin nos acercamos!
- A esta altura era el cambio, ¿recuerdas?
- ¿Cómo sabes?
- ¿Cómo?
- Que cómo sabes... ¿ya hemos venido? ¿tienes percepción del tiempo y espacio aquí? Porque yo no.
- Eres muy linda y especial. Quiero saber tantas cosas de ti. Gracias por abrirte conmigo. Sí, amor, ya hemos estado aquí. No, no tengo percepción del tiempo y espacio. Supe porque cada vez que ocurre el cambio, tú mencionas que por fin nos acercamos, ¿recuerdas ahora?
- Creo.
No recordabas. Pero no importaba, porque te sentías genial. Rojo podía hacerte sentir muy especial, y entonces no importaba cómo caminabas, quién te miraba o a dónde ibas. Lo único que importaba era que Rojo creía que eras linda, especial y que te amaba.
¿Cierto?