La costumbre

Tocaba la puerta. No le quise abrir. Esa noticia ya la había escuchado y la volví a releer hace pocos minutos. 
Es otro abandono.
La perilla alargada y fría se meneaba suavemente. No tenía que ver con sigilo, sino con compasión. Si yo no quería escucharles, desde allá tampoco querían dar la noticia. 
Se me subía el corazón a la garganta. Empecé a armar rápidamente una libreta con todas las cartas que te había escrito. Incluí un par de fotos, letras de canciones, dibujos y poemas. No estaba segura con cuánta atención leerías y sentirías cada hoja voltear.

No sé si quisiera estar contigo en el fin del mundo. No lo creo. Ya nadie cabe aquí. Desde Neptuno escucho a mi madre gritar que eres una mala idea, y Marte como mi padre me advertía de tu ira no domesticada. No te dabas cuentas y apretabas los puños de rabia cuando me ponía a llorar: yo ya he vivido esta escena. En ese momento un meteorito gigante llegaba y nos destruía, a nosotros y a nuestros millones de años de historia. Todo porque no te dabas cuenta de la bacteria que exhalaba tu respiración rabiosa y acelerada. 
Yo nunca perdía la calma contigo. Respiré profundo, tragué toda esa bacteria. Y como lo estúpida que soy, si te abriría la puerta si has de arrepentirte, y moriría pandémica y feliz.

Cuéntame en febrero si es que alguna vez me leíste. No sabes lo bien que me haría.