David #3
En la tibieza de la noche, dos extraños conversaban en una banca de madera.
El sitio era oscuro, un pasillo, cuya única luz blanca daba sobre sus cabezas. Estaba rodeado de árboles, y paredes de ladrillos rojos. Cercano, se oía el alboroto de personas, gritos de números, alusiones a un posible bingo, una niña pequeña de 1 año que se cruzaba una y otra vez sobre sus campos de visión, quedábase mirando y sonriendo, y luego, partía a correr. Me recordaba a mí, nerviosa ante la energía emanada, que su pequeña e inocente mente probablemente percibía.
La electricidad de la mirada mientras hablaba sobre... ¿sobre qué hablaba?
Se perdía allí mientras procesaba.
¿Cómo?
Algo sobre organizar una orquesta de música nortina chilena, tipo Tirana, estudiantes de carreras artísticas creando instancias de esparcimiento, un posible operativo de tatuajes flash y perforaciones baratas. Una consulta sobre qué aro hacerse. Una respuesta sobre su belleza. Una incapacidad de recibir un halago, cohibido, una risa, un abrazo. Una locura.
La eterna conversación seguía un hilo coherente, cuya raíz palpitante disparaba nutrientes a todas sus hojas, todas sus ramas, todas las posibilidades, todo en todas partes, todo al mismo tiempo.
Y él daba cuenta de esta manía. Y se contagiaba. Entonces eran, al final, dos locos sentados en una banca, hablando coherencias, en un pasillo oscuro, con una niña que los visitaba, y una conversación que no terminaba.
Cuando se disponían finalmente a finalizar la noche que ya debería haber sido finalizada, sus miradas se volvían a entrampar, y tímidamente aproveché de admitir: "A mí me cuesta mucho mirar a los ojos. Contigo ni siquiera es lo contrario, es algo muy distinto, es un impulso, una obsesión".
Su mirada inexpresiva me revolucionaba todo lo que había por movilizar. Su kinésica no estaba en los ojos, estaba en sus labios, en sus pómulos, en sus cejas rara vez. Sus párpados inmóviles eran causa de amarre para la pobre de mí. Y su nariz aguda. Y sus dientes chuecos. Y su sonrisa amplia. Y entonces entendí lo que ya había terminado por entender hace harto entendimiento, ya, cuando decidí enterarme.
Que eso sí era magia.