David #5: Viña del Mar.
Corrían por el mar personas que parecían nadar, por el binocular se observaban infinitas cañas de pescar y departamentos vacíos, que reflejaban el sol bajando y bajando mientras te decía, burlesca, sólo soy un pobre hombre atrapado en la magia de una mujer, luego de la obvia desesperación con la que me besabas.
En el atardecer, sobre los roqueríos, pareció importarte menos comerme la boca en público, con un poco de alcohol en tu cuerpo. El olor a chela en tu aliento añadía ambientación y dirección de arte a la clara escena de cine que era esta cursilería, del género coming of age (por supuesto), que comenzó con mi casual invitación ese sábado en la noche, y culminó con la planificación de un día entero dedicado a convertirte en mi memoria favorita de Viña del Mar.
Un lugar lleno de memorias dolorosas.
Correr de las olas que calaban con su frío, mientras tú gritabas y yo reía, cosquilleándote y tú quejándote de que te dejara de mirar así. Así como, honestamente, no me doy cuenta la mayoría del tiempo que hago, y es droga que no requiere consumación o preparación, sólo observación.
La improvisación de la entrada a la iglesia evangélica con su gente amable, deadpool interpelándonos, colarnos al baño de un café pituco, observar una fiesta de personas mayores desde lejos y desear ser partícipes, consultar por la urgencia de un baño al teatro municipal, y comprarle el boleto al chofer del bus en último minuto, parecían acciones guionizadas por la directora de cine más ángel de la guardia de la pobre de mí, que con cada vivencia de ese día, desesperaba más en amor. Me aseguraba un recuerdo exquisito que exprimir y expulsar.
Los asientos vacíos del segundo piso del bus de las 20:30, nos regalaron lo que fue el cierre perfecto: Luces apagadas, audífonos compartidos, besos eternos y pasionales, abrazos desesperados, caricias lentas y miradas eternas. Y la loca pensando que, con todo, se sentía loca por sentir tanto, tan loco, tanto sentimiento y sentido.
Mi disociación final era producto del cansancio físico de tanto caminarte, pero también el emocional, de tanto experimentarte. En nuestros besos nocturnos del bus, me perdí un rato en una nostalgia adelantada que preveía el fin de todo eso. Y con más desesperación te agarraba.
Dejarte hasta la puerta de tu casa aunque sentía que no podía caminar, no era opción ni obligación, era instinto. Todo fue instintivo.
Me despertás lo más bello y oculto en mí.
¿Qué es?