¿El amor puede ser chiquito? (Versión 2025 | El Gigante, parte III)
El gigante es un gigante pero no quiere ser gigante.
Desde aquí abajo puedes ver cómo sus grandes lágrimas forman nuevos océanos atlánticos. Llorar es una incomodidad tremenda para el gigante, porque sabe que los mares que emanan de sus lagrimales inundan los pequeñas y frágiles ecosistemas que lo rodean. Él no quiere destruir.
Al gigante le gustaría ser chiquito, tan pequeño como para caber en tu mano, y sentirse abrazado al estar entre las grietas de tu palma. Él no quiere ser temido, quiere ser abrazado.
El gigante no quiere causar remezones con su tímido pasar, no quiere crear enormes cuerpos de agua, qué más le gustaría que la similitud con los chiquitos, observar desde ahí abajito, qué más le gustaría que el amor...
Pero el gigante sabe que los pequeños le temen. El gigante es conciente de su paupérrima posibilidad de pequeñez, y con esa infinita tristeza sigue andando.
Un día el gigante pisoteaba al intentar caminar. Debajo de su gigante zapato encontró un pequeño sentimiento y lo dejó en su bolsillo. No volvió jamás a revisar si seguía allí, por miedo a que sus colosales manos pudieran destruir el diminuto sentimiento.
El gigante murió enorme, y una pequeña tumba fue construida en su honor.
En el ataúd sólo quedó el pequeño sentimiento que encontró alguna vez bajo su gigante zapato...
Y convertido en lápida, su espíritu se sintió como una piedra monumental.
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Y en otra vida, se había convertido en su propia lápida, que en carne anterior no hubiese siquiera visto dado su humilde tamaño. En esta vida, la lápida se erguía, y era conocida como La Piedra Monumental.
La piedra monumental se impone sobre una hormiga expectante, quien maravillada inhala profundamente mientras su mirada intenta abarcar la magnitud de la enormidad frente a ella.
Su pequeño cuello poco flexible le hace desfavor en su humano intento de admirar algo inigualable.
En el centro de la piedra monumental hay una foto desdibujada, con un rostro borroso que intenta mirar sin ojos.
La hormiga no sabría reconocer este retrato, por una parte porque no alcanzaría a observarla, y por otra parte, porque desconoce la posibilidad de hacer infinito lo mortal.
La fotografía centrada mira sin ojos a sus pequeños expectantes, que circulan y vibran cerca de su existencia, deambulantes, caminantes, y ella tan enorme, tan gigante, la foto fundida en su piedra monumental madre.
La piedra monumental tan avergonzada de ser tan gigante, tanto estorbo tan enorme, tanta pena de ocupar tantísimo espacio, tan tonta la tonta piedra monumental, que no teoriza o cruza siquiera sobre su mineral mente la pequeña y vibrante idea de que ante alguien, ella es minúscula. Tan insignificante como paupérrima, como chiquita, como adorable y coleccionable. No cruza su egocéntrica pena la enormísima posibilidad de que su dismorfia espiritual es patológica, y no <real>.
Si mirase ella hacia arriba, más allá de su existencia, notaría entonces que ella es también hormiga que admira. Que ella es también ojos que no alcanzan a abarcar la magnitud monumental de lo enorme. Que ella es también desencadenante de vergüenza para otros gigantes que sienten que estorban, para otros monumentales que se desentienden de su propia vibración. Que ella es ellos, y ellos son ella.
Y entonces quizá entendería la osadía de existir, el permiso de erguirse, y la humildad de permitirse ser aplastada.
Pero la fotografía en la piedra monumental no tiene ojos, y el espíritu heredado de El Gigante no alcanza a entender que a través de un sentido que nunca tuvo, nunca podrá mirarse al espejo.
Y así existe, ignorante y con una infinita pena que ya ni le permitiese andar.