El gigante (Parte 2)

Una piedra monumental se impone sobre la hormiga expectante, quien maravillada inhala profundamente mientras su mirada intenta abarcar la magnitud de la enormidad frente a ella.
Su pequeño cuello poco flexible le hace desfavor en su humano intento de admirar algo inigualable.
En el centro de la piedra monumental se erige una foto desdibujada, con un rostro borroso que intenta mirar, que la hormiga no sabría reconocer, por una parte porque no alcanzaría a observarla, y por otra parte porque desconoce la posibilidad de hacer infinito lo mortal.

La fotografía centrada mira sin ojos a sus pequeños expectantes, que circulan y vibran cerca de su existencia, deambulantes, caminantes, y ella tan enorme, tan gigante, fundida en su piedra monumental madre. 

La piedra monumental tan avergonzada de ser tan gigante, tanto estorbo tan enorme, tanta pena de ocupar tantísimo espacio, tan tonta la tonta piedra monumental, que no teoriza o cruza siquiera sobre su mineral mente la pequeña y vibrante idea de que ante alguien, ella es minúscula. Tan insignificante como paupérrima, como chiquita, como adorable y coleccionable. No cruza su egocéntrica pena la enormísima posibilidad de que su dismorfia espiritual es patológica, y no <real>.

Si mirase ella hacia arriba, más allá de su existencia, notaría entonces que ella es también hormiga que admira. Que ella es también ojos que no alcanzan a abarcar la magnitud monumental de lo enorme. Que ella es también desencadenante de vergüenza para otros gigantes que sienten que estorban, para otros monumentales que se desentienden de su propia vibración. Que ella es ellos, y ellos son ella. 

Y entonces quizá entendería la osadía de existir, el permiso de erguirse, y la humildad de permitir ser aplastada.

Pero la fotografía en la piedra monumental no tiene ojos, y no alcanza a entender que a través de un sentido que nunca tuvo, nunca podrá mirarse al espejo. 

Y así existe, ignorante.