Se levanta la luna

Quizá a través de esta espesa vegetación, llena de vida, ruidosa, caótica y abrumante, pueda yo observar una calma eventual. Amarte, porque yo creo amarte, quizá es así de desafiante porque así de desafiante debiese de ser. No porque tú eres el desafío, sino porque lo soy yo misma.

Acoger el desorden y reconocerlo como mío también, y poder observarte sin que me inunde una intensa pena. Sostener el espejo que muchas veces me entregas, y escuchar a esa señora que nos interrumpió y dijo que yo era de otro planeta, mandándonos a que nos casemos.

Cuando dije que quizá pensaba en embarazarme en el futuro, vi la pequeña sonrisa en la comisura de tu boca, y como en tu mente me viste cargando una barriga contigo.

Quizá pueda yo existir un día sin pensar trescientos pasos hacia el futuro, y pueda bajar mi carcasa y la pared que cementé apresuradamente cuando me marché. Tenía todos los materiales, desde siempre, desde niña, desde la primera vez que me sentí invisible y creía morir de un corazón roto, desde la primera vez que pensé que me tenía que cuidar sola y que nadie estaría allí para mí.

Debo de otorgar, sin embargo, el peso correspondiente a nuestros errores. Perdonar con compasión, y comprender que mi partida es más que mi herida, fue también una respuesta a tu crueldad y frialdad en más de una ocasión. Al igual que yo, hay un niño herido dentro de ti. Me pregunto si debiésemos ser opuestos para funcionar, o si podemos jugar juntos siendo quienes somos.

Me gustaría estar con nosotros, no con nuestro potencial. Me pregunto si puedes entregarme el espacio para dudar, o más bien, si puedo entregármelo a mí misma sin culpa, porque yo sé que tú siempre tendrás un espacio para mí. Soy yo quien no sabe si podrá estar. Solicito con humildad ese espacio de lentitud, para la confusión que me carcome.

Me gustaría, antes que nada, conocerte.